Blog

QuitoEn360 | 15/04/2021 | 0 Comments

El Candelabro

Cuenta esta leyenda quiteña, por allá entre los siglos XVIII y XIX, durante unos tiempos verdaderamente malos, cuando la peste asolaba la ciudad capital, un joven estudiante falleció a causa de aquellos males…Y para velar el cadáver en la iglesia de San Francisco, se designó a dos compañeros del difunto para que pasaran la noche cerca del féretro y atendiesen los cirios. Pedro Cedeño y Juan Álvarez eran los incautos, perdón, los encargados de tan noble deber…

El asunto es que los dos no eran precisamente como un par de gotas de agua. Pedro era uno de esos muchachos que hacen perder la paciencia hasta al más paciente, medio truhan, incrédulo de toda manifestación del lejano más allá y «quemeimportista» de las cosas del más acá. Su condiscípulo, Juan, era diametralmente opuesto al primero, creyente y respetuoso estudiante, devoto y un poco temeroso de lo inentendible.

Así los dos. Ya se habían ubicado en un confesionario para protegerse del frío y pasar una noche aparentemente tranquila…Le tocó al pobre Juan soportar todo tipo de burlas de Pedro: que cobarde, que flojo, que ya te lleva el muerto…

Pasadas algunas horas de guardia, el hambre asomó. Luego de reiteradas insistencias de Pedro, Juan no tuvo más remedio que salir a buscar algo de alimento, a eso de las doce de la noche. Acto seguido, Pedro empezó a llevar a cabo un plan que ya tenía maliciosamente preparado: se dirigió al ataúd, sacó el cadáver y lo llevó a rastras al confesionario, ocupando el puesto del cuerpo en el ataúd, esperando el regreso del ingenuo Juan y gastarle una broma de terror…
Y pasó que los minutos pasaron y Juan no regresaba. Pedro se impacientaba adentro del ataúd…Estando allí, comenzó a escuchar algunos sonidos inquietantes, como roces de telas, pasos lentos, respiraciones jadeantes…

Pedro se convencía que era Juan el que había regresado, mas algo empezó a helar su envalentonada actitud…Fétidos olores llegaron de repente a dónde él se encontraba. Su ánimo flaqueaba y un sudor frío le recorría la espalda y las sienes. Una sensación nunca antes experimentada…Se había «erizado» por el frío y sobrecogido por el ambiente reinante, como de… Por un instante se serenó y tomando valor, se levantó del ataúd para así poder atisbar quien era el osado que se aproximaba…a él, a Pedro Cedeño, quien no conocía de miedos ni creía bobadas de ultratumba.

Oh sorpresa, horrorosa sorpresa le causó ver que quien se aproximaba no era su compañero….Era el cuerpo del difunto que había cambiado de sitio para entrar en el féretro…Está demás describir el aspecto del cadáver, que avanzando con lentitud parecía hasta volar… Pedro, luego del natural espanto y tras vacilaciones que parecían eternas, saltó del ataúd y huyó despavorido, no sin antes voltear a ver y observar que el muerto agarraba un pesado candelabro con sus manos. No fue más, Pedro cayó desmayado pesadamente sobre el piso de la iglesia en el justo momento que el difunto arrojaba el candelabro y lo estrellaba contra una de las puertas del templo…

A los pocos minutos llegaba Juan bien aprovisionado para pasar la noche, pero tuvo que hacer acopio de toda su fe, al encontrar el sarcófago vacío, Pedro desmayado o medio muerto, y el auténtico muerto saliendo lentamente del recinto sagrado… A la mañana siguiente, devotos, creyentes y curiosos se agolpaban ante la puerta de la iglesia que había sido blanco del candelabro, y cuya imagen podía verse como impresa sobre la madera….Cuenta la leyenda que así permaneció durante algunos años hasta que fue reemplazada por otra de mejor aspecto.

Fuente: ocampoleyendas


Post Relacionados

Abrir chat
¿Necesitas ayuda?
Hola
¿En que podemos ayudarte?