QuitoEn360 | 21/04/2021 | 0 Comments

Guangopolo y Yacu

Hace muchos años, tiempo en el que no llegaban todavía los blancos. Al oriente donde vivían los Quitus. lugar en el que se levanta el Haló; allí, en sus faldas, había una pequeña población denominada Guangopolo.

La gente adoraba al sol, cultivaba maíz, modelaba el barro y regaba sus plantas con el agua de sus manantiales. Por ese tiempo el dios Pachacámag, ordenó a su hijo Jichay. cuide y ayude a su gente.

La compañera de Jichay se llamaba Yacu. tenía el cuerpo fresco, el rostro moreno y en su belleza se reflejaba la luz. De la fuente de agua surgía su belleza; era toda dulzura y su corazón daba consuelo. El pueblo vivía feliz trabajando la tierra y aumentando los frutos que alimentaban a sus habitantes.Un día enfermó Yacu y los campos se volvieron tristes y pálidos. Los árboles y más plantas poco conversaban con ella. Jichay reunió a los sabios, mientras el verano azotaba fuertemente.

Los sabios alzaron los ojos al sol, a las nubes, a las estrellas. Luego deslizaron sus manos por el cuerpo de Yacu y acariciaron su corazón. La delgadez de su rostro parecía fuente seca e iba envejeciendo. Jichay apenado contemplaba alma adentro a su amada Yacu. Su alma dolorida caía como piedra sobre el campo y las hierbas. La gente angustiada contemplaba a Yacu y a la tierra desolada.

El amor por ella tenía la sensación de ruego y por las hendiduras, el aire hecho súplica mostraba su sonrisa dolorida. May Yachag, el sabio, cuando cayó la noche estuvo solo con Jichay y Yacu, oyó en el pequeño estanque una ruidosa carcajada y tanto duró aquella que ascendió culebreando por las peñas.

Era Tutapurig. el enemigo del día, el ladrón que perjudica durante la noche. De pronto, en medio de escandalosas carcajadas descendió alrededor de Yacu y arrastrándose con una cola enorme se perdió en el horizonte nocturno.
Arriba, en los peñascos la sombra de Tutapurig retumbaba… Abajo, en la planicie reinaba la inquietud y el sobresalto de la gente, sobre todo de May Yachag y Jichay. Hasta la soledad enferma saludaba con el viento nocturno y con el maizal que parpadeaba triste. El sabio iluminado con los ojos de Yacu, dijo: – Jichay traed todas las vasijas y las llevaremos al peñón.

El sabio ordenó, además, trasladar leña e hizo arder las vasijas. Cuando apareció nuevamente Tutapurig quemó su rostro con agua hirviendo. – Llegará el amanecer y las auroras curarán a Yacu, añadió May Yachiag, el sabio.
Así sucedió. Pasaron los días y la gente feliz se dedicó a cultivar la tierra porque el agua regresó rauda a fecundar los campos. Pasaron los años. Jichay y Yacu. amados por la gente del pueblo eran felices.

Yacu como fuente azul daba vida a los campos y Jichay regaba las sementeras y las cuidaba con amor y sacrificio. Yacu. todos los días derramaba el agua sobre los prados que cubrían los declives. Mientras esto sucedía, llegó un día el mensajero del dios Pachacámag.
Era Ku, ser sagrado, quien enfermo requería del cuidado de Jichay y Yacu. Ku, a veces, centellaba un instante, revoloteaba aturdido, se volvieron azul y gris. El frío enfermaba su cuerpo. Así pasaron los días y Ku se sentaba triste dispuesto a sufrir.

Yacu le consolaba invitándole a preparar la tierra para la siembra. – Nada le parece bien decía Jichay. Debemos llamar al sabio. Por las tardes Ku miraba a lo lejos. El río le parecía oscuro y solo escuchaba el sonido del viento entre los árboles. A veces, se alegraba cuando el sol caía fuertemente en los arroyos. May Yachiag, habló con Yacu y Jichay: – Hay que encender fuego.
Traeremos la leña olvidada en el peñasco y la depositaremos en la planicie. Ku necesitaba liberarse. Al día siguiente, luego de la consulta al sabio, Jichay llevó a Ku al arroyo y le bañó.

Después Ku estuvo tan cansado que se quedó dormido. Entre sueños y voces, sintió Ku que Yacu le ofrecía de beber.
Calmó su sed, pero volvió a entristecerse. Mientras tanto el sabio encendió el fuego cerca del arroyo. Yacu le alumbró con su mirada y acarició a la flor roja del cacto. Sus hojas se retorcían hasta convertirse en fuego.

Yacu las soltó en el agua de la fuente y las aguas se mancharon de rojo. Del rostro de Yacu cayeron lágrimas mientras Ku se alegraba al mirar la laguna encantada que hervía. En ella se bañó varias veces… La delgada silueta de Ku se reflejaba en la fuente de agua pura que hervía. El agua medicinal le había curado.
Ku alzó su cabeza con sonrisa de felicidad y todos quedaron maravillados. Las personas mayores del pueblo iban delante preparando el camino para que pase Ku. Los niños le seguían haciéndole fiesta.

Junto a él iba Yacu, Jichay y el sabio, oyendo el sonido de la fuente. De vez en cuando regresaban a mirar el agua que reverberaba por los rayos del sol. Ku al ver al Haló sintió que alguien le llamaba. Y desde entonces, al pie del Haló existe todavía Guangopolo que significa fuente sagrada de agua pura que hierve y cura las enfermedades.
Dicen los campesinos que se han multiplicado las fuentes de agua caliente y Ku, Yacu y Jichay cuidan eternamente las aguas; y, a veces, cantan desde el lugar donde crece la flor roja del cacto escondido en las quebradas.

Fuente: LEYENDAS Y TRADICIONES QUITEÑAS – Oswaldo Rivera Villavicencio

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