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QuitoEn360 | 04/07/2021 | 0 Comments

Quito Luz de América

A raíz de su visita a Quito en 1807, a dos años de lo que sería, hasta ese momento, el acto independentista más audaz de la historia de las colonias españolas en América, el sacerdote chileno Camilo Henríquez no dudó en ser el primero en referirse a Quito como la ciudad «Luz de América».

Entre otras cosas, estas palabras podrían probar que el proyecto emancipador de Quito tenía fuerza en la hoya del majestuoso Pichincha algunos años antes del 10 de agosto, 1809. Recordemos que la ubicación de la ciudad frente al gran Pichincha fue elegida con aquel protector natural en la mente, el que había hecho de Quito una ciudad perdida entre las montañas —súbdita, sí, de los virreinatos de Lima y Santa Fe— pero abandonada a su suerte.

Que acá llegaran las luces de la libertad antes que a lugares provistos de expansivos horizontes en las costas del Pacífico o Atlántico, conectados al mundo revolucionario de fines del siglo XVIII gracias a los mares libres que golpeaban sus orillas, era, como lo explica el Gral. Paco Moncayo, ex alcalde de Quito “porque en estas soledades, Quito podía soñar.”

Fueron varias razones que motivaron a los quiteños a separar su “real audiencia” de la “madre patria” España, pero el famoso Grito de Independencia, el que creaba una “junta soberana” independiente de la autoridad real, no pudo sostenerse por mucho tiempo.

Tal fue la osadía de los próceres quiteños que huestes virreinales, tanto de Santa Fe como de Lima, rápidamente se organizaron para detener la iniciativa. Serían los limeños quienes se trasladaron a la ciudad, encarcelando a los perpetradores del documento que pedía la sesión del gobierno español en Quito, y que, un año más tarde, terminarían asesinando, el 2 de agosto, 1810 (saqueando, de paso, la ciudad).

El ciudadano Antonio Ante llegó al alba a la puerta del Palacio Presidencial el 10 de agosto de 1809 con una carta en la mano. Era demasiado temprano para cartas, previno el guardia, pero Ante insistió. «Es de la Junta Suprema». ¿La qué? Nunca se había oído hablar de tal cosa.

«Al Conde Ruiz de Castilla, ex-presidente de Quito,” decía el documento, “el pueblo de esta capital ha declarado

haber cesado legítimamente los actuales magistrados en sus funciones

Dios guarde a Vuestra Merced muchos años”.

Era oficial: Quito se despedía de España.

Viveza “criolla” por donde se lo mire, utilizando el secuestro del rey Fernando por parte de Napoleón en 1808 como subterfugio para rescindir su lealtad a la Corona usurpada, el grupo de hábiles abogados y criollos quiteños, entre ellos Juan de Dios Morales, Manuel Quiroga, Juan Pío Montúfar (muchos de los cuales serían atrozmente asesinados casi un año después en los predios del actual Centro Cultural Metropolitano, creaban el primer auto-gobierno de las colonias españolas, motivación que sería incontenible, gestando la independencia de todo un continente.

Los ecuatorianos repetirían, en varias instancias, este tipo de cartas para avisar a altos mandatarios que prescindían de sus servicios.

Humboldt al rescate

La llegada a Quito de Alexander von Humboldt y Aimé Bompland allá por 1802 se cuenta entre los posibles instigadores del movimiento americanista de Quito.

Los europeos fueron muy bien recibidos y alimentaron un gran afecto por la ciudad y por don Carlos Montúfar, un joven criollo a quien llevaron en varias expediciones, no sólo a través del país, sino también a otros destinos como México y Estados Unidos.

Es conocida la anécdota del botánico José Francisco de Caldas, quien quería también participar de las expediciones pero que fue ignorado por los europeos y reemplazado por Montúfar. Algo que Caldas consideraba profundamente injusto, pues Montúfar no era siquiera científico, tan sólo “un Adonis” de parcos conocimientos.

Una década más tarde, el mismo Montúfar se convertiría en la última carta para liberar a Quito desde adentro. Su periplo con Humboldt hasta Estados Unidos (donde conocería al presidente de la época, don Thomas Jefferson) lo llevaría a Europa, donde participaría en la Guerra de la Independencia Española contra Napoleón.

Una campaña intachable haría que en 1810 la Corona lo nombre Comisionado Regio, enviándolo específicamente para apaciguar a los quiteños revoltosos de 1809 y aquel Grito de Independencia en el que estaba inmiscuido su propio padre, Juan Pío Montúfar.

Coincide, curiosamente, la llegada de Montúfar a Caracas con el Grito de Independencia de esta ciudad (19 de abril) y luego de un largo trajín por Colombia, avanza a Quito, donde se entera de la despiadada matanza del 2 de agosto, provocada por los limeños. Por fortuna, su padre no estaba involucrado y salió ileso.

Montúfar estaba escandalizado. Haciendo uso de su título real, formó una nueva Junta de Gobierno para “defender a Quito” de los peruanos, junta que pronto él mismo convirtió en “Estado”, una entidad política, ahora sí, completamente independiente, con su propia constitución. El nuevo líder y los quiteños que se reunirían en torno a él, intentaron defender este proyecto, pero serían derrotados en poco tiempo y Montúfar, deportado a España.

La historia no termina ahí (por supuesto). Montúfar logra escapar a la altura de Panamá y se une al batallón del propio Simón Bolívar, quien lo nombraría su Ayudante General. En la Cuchilla del Tambo, batalla que libraría junto a nada menos que José Francisco de Caldas (quien tanto rencor le había tenido por su cercanía con Humboldt), fueron derrotados y Montúfar fusilado en la espalda por traidor.
Una luz en el camino

Del Estado de Quito a la Batalla del Pichincha pasaría otra década. Sucre llegaría finalmente al fortín del castillo quiteño, las propias faldas del Pichincha, para herir de muerte a la colonia e ingresar por la puerta grande de la ciudad. No existe clímax más poético para la liberación de un pueblo sumido a su montaña.

El 24 de mayo de madrugada, batallones patriotas representados por soldados de diferentes lugares del mundo, finalmente romperían las cadenas coloniales y la luz de la independencia quiteña brilló, por fin, con la fuerza de su sol equinoccial.

En 2008, el Gral. Paco Moncayo, sirviendo de alcalde de Quito en la época, junto con el Director de la Academia de Historia del Ecuador, Manuel de Guzmán, se trasladaron a Valparaíso, Chile para reubicar la placa que alguna vez colocara simbólicamente el Sacerdote Camilo Henríquez en el faro de dicha ciudad.

Con los años, la misma se había trasladado a un parque para luego desaparecer. Por ende, en el propio busto de este personaje chileno a quien tanta impresión le causó la determinación quiteña se colocaron nuevamente las históricas palabras: “Quito, Luz de América”.

 

Fuente: www.nanmagazine.com


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